12 mar. 2012

Mi reina.

Tus ojos. Tu pelo. Tu sonrisa. Tú. De cabeza a pies. Tus "te quiero" supuestamente sinceros, tu voz, aquel acento tan refinado que me hacía subir al cielo y bajar en un segundo para seguir estando a tu lado. Observándote, cada gesto, cada mirada, cada palabra analizada para comprobar que no tenía un segundo significado. Nunca lo tenía. Tantas ilusiones, tantos días -180 contados, ni más ni menos- con una sola persona y  voz grabada en mi cabeza. Desde el primer día...


¿Historia de amor? Yo prefiero llamarlo la historia de un gilipollas. La historia de cómo un imbécil perdió lo que más quería. Pero compréndeme, no podía seguir así. ¿Ser tu amigo? ¿Estar contigo los fines de semana? ¿Faltar juntos a clase? ¿Emborracharnos juntos y ver una peli romántica en tu casa a oscuras y a solas? Y no poder hacer nada. Impotente. Intentarlo un instante y ¿ganar qué? Rozar tus labios un segundo y llenarte la cabeza de ralladas. Adoraba y extraño cada pequeña parte de aquellos planes y cada parte de ti... pero no era así como yo los deseaba. Sé que no soy el más guapo, ni el más delgado, ni el más bueno, ni el más rico, ni el más inteligente. Pero te habría hecho muy feliz.


Mejor así, cada uno por su lado. Siento haber sido tan cruel, haberte dicho cosas tan feas y ni siquiera dirigirte la palabra. Pero era la única manera de que también tú te enfadaras conmigo, la única forma de dejarte marchar. Prométeme una cosa: Si alguna vez vuelvo arrastrándome, no me perdones. Sé tú la cruel. Porque, si vuelvo, no podría evitar intentarlo de nuevo. Y todo se repetiría.


Porque no he querido a nadie tanto como a ti.

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